Gracias Igor DellaGhetto….

Gracias Igor DellaGhetto por permitirnos compartir esta lección de vida…

¡¡Lo sentimos de verdad!!

llorando-cara-emoticon_318-48236Para vosotros (los que le queríais) es un tremenda pérdida… pero también el mundo ha perdido a una persona muy grande… una persona con duende…

Alla donde haya ido ha llegado la luz!! 

 

Caminaba siempre diez metros por delante. Como si fuera solo. Como los ciclistas que se escapan del grupo en el Tour de Francia e inmediatamente se ganan la atención de las cámaras. Siempre queriendo ser el primero, el descubridor, el que dirigiera el rumbo… cuando algo de eso fallaba, se derrumbaba su mundo.

Recuerdo un tiempo en que íbamos todos a la par. Cuando éramos pequeños, recién llegados a Madrid, nos acompañaba al cole a los cuatro hermanos. Todos los días sonaba la alarma traicionera antes de que hubiera amanecido, y a nosotros nos costaba un quintal abrir los ojos porque nos acostábamos tarde. Él jugaba con ventaja (siempre lo hizo) y tenía ya todo minuciosamente preparado para salir. Los zapatos limpios, la camisa planchada, un zumo de naranja recién exprimido, una taza de
manzanilla. Mi madre recortaba sus horas de sueño para prepararlo todo a sus cinco hijos. Se escuchaban los zapatos de mi padre por el piso y nosotros tratábamos de engañar al reloj. Un minuto más en la cama era la gloria. Cuando mi padre enfilaba el pasillo hacia la habitación, aquel largo pasillo de la casa de la calle Alcorisa, yo daba un salto como un resorte y me ponía el pantalón vaquero desde lo alto de la escalera de mi litera. Me pillaba prácticamente con él puesto y me libraba de la bronca. Un truco que aprendí con el tiempo, tener los pantalones puestos era como estar ya vestido del todo.

En aquellos dias nos acompañaba desde casa hasta la puerta del cole, y después él bajaba al metro, que quedaba muy cerca. Años después supe que en aquel tiempo solían seguirle, el mismo seguimiento policial que hicieron a los miles de vascos que se desplazaron a Madrid a mediados de los 80. Mis recuerdos de aquellos ratos son de tensión por llegar tarde, por cruzar correctamente los pasos de cebra, por no dar guerra en el camino… y también de vergüenza. La mayoría de los niños sienten vergüenza cuando van con sus padres. Ves que el tuyo lleva gabardina y en tu mundo nadie lleva una; él lleva además unas gafas oscuras, y de repente piensas que todos los demás padres del cole son normales menos el tuyo. Pero sí, este, además, tenia el don de decirle algo a quien nos cruzáramos, la primera cosa que se le pasara por la cabeza. “Uy, qué finas”, soltó una vez detrás de dos hermanas, una de ellas compañera de clase y que me gustaba un montón… Cuando la niña miró para atrás, yo deseaba con todas mis fuerzas que la tierra me tragara de repente y pudiera desaparecer del mundo.

Pero aquellos eran, quizás, los únicos ratos en que ponía toda su intención en caminar haciendo una piña. Y quizás los únicos momentos que compartíamos en el día.


Luego me hice adulto, y cambió mi punto de vista. Quiero decir, que todas sus excentricidades seguían ahí, con él, incluso venidas a más. Pero yo era otro ser que miraba con otros ojos.

Un día lo tuve de profesor en el curso de Edición. Yo ya no era el niño que quería desaparecer cuando mi padre merodeaba el cole o cuando más tarde aparecía para hacer la matrícula en el instituto y montaba un cristo allí, con rigurosa puntualidad al final de cada verano, porque siempre nos faltaba algún papel. Ya de adulto aprendí a controlar esos impulsos.

El día que nos daba clase empezó a hablar, con su voz profunda y grave, disfrutando él mismo de su papel y nosotros de su oratoria, y sencillamente nos regaló la mejor clase que me han dado nunca. Amena, interrumpida con un logrado dinamismo entre anécdotas y ejemplos del mundo actual, de la situación política, de la economía mundial, del deporte… Sin guion ni nada, como si tuviera aprendida la sesión de memoria y en su cabeza se concentrara una edición reducida de la enciclopedia… La primera parte de la clase se pasó volando y al descanso bajó perfectamente integrado con el grupo a tomar café. Normalmente nos dispersábamos entre dos cafeterías que había al lado de la escuela, pero aquella mañana bajamos todos a la misma. Todo el mundo queria preguntarle cosas. Él se manejaba en la situación con una soltura que me mantenia impresionado, aunque a esas alturas de la vida no me sorprendia demasiado. Eso sí, entre charla y charla, cuando vio que ya había pedido café todo el mundo, se dirigió con la mirada a la barra, como si conociera de toda la vida al camarero y le dijo que le cobrara a él lo de toda la clase. Aquel detalle fue como para sacarlo a hombros del bar, y yo mismo pensé que, con qué poquito uno se puede hacer grande en un momento.

En el mundo laboral era el más exigente, y su principal hobby era poner patas arriba a todo el mundo, cuanto más alto era el rango, mejor. Como él lo dedicaba todo a su trabajo, trataba a los demás desde ese insano lugar y, claro, aquello no le generaba muchas amistades. Él vendía libros, y un día me llegó la leyenda de que con sólo ponerle un ejemplar en sus manos, sabía decir cuánto iba a vender. Como si pudiera calcular al peso la tirada de cada libro. Y acertaba como nadie, hasta el punto de que los editores le preguntaban a él para poder calcular la viabilidad de sus proyectos.

En casa era nuestro Homer particular. Cínico y autorreferencial hasta lo excéntrico, todo lo que tenía de intratable nos venía después como un regalo para recordar y echar unas risas interminables imitándole durante horas.

Cuando se jubiló del mundo laboral, continuó sus hábitos a nivel vecinal. Se metió en política, en la ayuda social y en la parroquia. En todos los sitios dando caña y sembrando discordias con sus polémicas. Y dándolo todo de nuevo, redactando informes interminables para ponencias donde sacar los colores a todos en el Partido u organizando cuadrantes como nadie hizo nunca con lo que recogiera para el banco de alimentos. Empezó a gestionar él mismo las recogidas de comida, a concertar la entrega de los camiones, a ayudar en la descarga… y, como vio que algunos supermercados donaban cosas, él mismo se personaba en ellos (y buscaba nuevos centros que colaboraran) para que le dieran. Recuerdo que eso me inquietaba, y le decía “aita, que vas a tener un problema, que no puedes presentarte ahí, a tu bola…”, pero le daba igual. Sufrió un revés cuando vio que lo que empezó a llevar “por su cuenta” al banco de alimentos fue denegado por la normativa legal, que impedía repartir cosas con fecha próxima a caducar. Pero como era terco y no se dejaba vencer fácilmente, él mismo lo distribuía entre la gente que sabía necesitada. A veces no pedía solo comida, como cuando entraba a la frutería a pedir bolsas a su amigo Antonio. Venía de contar cuántos abuelitos había sentados en el banco de la plaza, y salía de la fruteria con tantas bolsas. Después, él mismo hacia un reparto equitativo de lo que habia conseguido reapropiar del supermercado y se lo llevaba a los viejitos, una bolsa para cada uno.

Igor DellaGhetto
Igor DellaGhetto

Enfermó y se nos fue pronto. Como cuando caminaba diez metros por delante…

Y hace tiempo que ya te echo de menos, AITA…

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